Sunday, December 13, 2009

Passport (Sexta Parte)

Esperábamos que se acabara la misa para encender la radio. La mesa de dominós ya estaba en la acera y las fichas esparcidas sobre ella. El pulpero estaba sentado a mi izquierda, uno de los albañiles de aquel día se hallaba sentado a mi derecha y frente a mí Fernando, el muchacho que me hacía los mandados. No sé si esté bien llamarle muchacho, él tenía casi cuarenta años y el pelo gris.

Lo conocí la primera vez que fui al colmado a jugar dominós, a él ese día lo pusieron a jugar en mi contra. Tan pronto tomó confianza, comenzó a entretenernos con sus historias (tragedias para él, comedias para nosotros), la mayoría de ellas tenían que ver con la mala suerte que tenía con las mujeres y como ellas siempre acababan queriéndolo solamente como amigo. Nosotros le explicamos que tenía que cambiar un poco su forma de ser, que no fuera tan manso y bueno con ellas, que se les negara de vez en cuando.

“Si tú dede un principio te pones de consejero, y tratas de ser su amiguito, olvidándote de demotrar que tú quiere ser má que su amigo, te jodite. No te va a salir ná. Y eso e’ lo que te pasa a ti, tú te vuelve una amiguita más.” Después que el pulpero le dijo esto, le pasó la botella y como todo un profesional del trago, Fernando le limpió la boquilla y sorbió un poco, para olvidar las penas.

Nosotros desde ese día le tomamos aprecio, nos conmovió mucho el dolor que se le marcaba en la cara, ese sufrimiento que envolvía cada una de sus palabras, palabras que cada vez más nos hacían visualizar a alguien que posiblemente nunca se había perdido entre unas buenas piernas. Consideramos que un muchacho tan abatido, necesitaba ayuda urgente, aunque apenas lo conocíamos y no sabíamos ni de donde venía, ni qué había venido a hacer en la ciudad, desde esa mañana decidimos llevarlo bajo nuestras alas, ayudarlo.

En la tarde, después que habíamos jugado varios partidos de dominó, una señora gruesa se detuvo tras él y comenzó a golpearlo fuertemente con un parasol. Desconcertados vimos como Fernando se quedaba sin decir nada, se cubría la cabeza con sus brazos delgados y velludos, entretanto la doña lo sacudía viciosamente.

Con la cara de susto, el muchacho se sacó de sus bolsillos unos pesos estrujados y se los puso en la mano a la señora. Ella los contó, lo haló por la orejas y le dijo:

“Muchacho 'el diablo, hace dos horas que te mandé al colmado. ¿Qué tú haces jugando? ¿Yo te mandé a jugar? ¿Por qué no has hecho la compra?” La doña dejó de hablar y lo miró con fuego en los ojos.

“E e e ecúseme Doña Carmela, e’ que se me olvidó lo que iba a comprá. Por eso me senté a jugar, pa’ ve si me acordaba.” Contestó Fernando, tartamudeando, con una vocecita finísima, como si estuviese a punto de llorar. Para callarlo, la señora le pegó por la cabeza con las manos abiertas y le pellizcó el costado, haciendo que el pobre flaco se retorciera de dolor y dejara escapar un gritito de mujer.

“A la casa no vuelvas, musú, uno te pone hacer algo fácil para que te ganes la comida y ni eso puedes hacer.” Tan pronto la doña se marchó, nos comenzamos a reir, era difícil no hacerlo, después de haber visto semejante espectáculo.

“Doña Carmela era mi maetra en quinto grado," Agregó el pulpero, "fueron muchos los jalones de oreja y los reglazos que ella me dio, cuando chiquito. La profe no cambia, esas manos la tiene durísima.” Después de oir esto, nos reimos nuevamente y nos bebimos lo que quedaba en la botella.

La misa terminó, la gente con sus ropas domingueras salieron de la iglesia. Frente al parque se detuvo una carreta tirada por caballos de costillas marcadas, era la misma que había visto cuando llegué a la ciudad. Advertí que el viejo flaco que sostenía las riendas era Milito. El hombre se estacionó en la esquina y se mantuvo absorto, con la mirada hacia adelante.

Minutos después, salieron del templo unos niños, la viuda caminaba tras ellos. Antes de subirse en la carreta, tan pronto me vio al otro lado de la acera, fijó su mirada en mí y con su manita blanca me dijo adiós. Yo la ignoré y vi como se subía cabizbaja con los niños junto a los tinacos de leche.

Un latigazo en la piel pelada de las bestias echó la carreta a andar. Fernando encendió la radio, se sentó y comenzamos a jugar.

(Continuará)

Tuesday, December 8, 2009

Passport (Quinta Parte)

“Me paré en el borde de la cornisa y vi el sol empaparse de mar. Desde las alturas todo se veía y se sentía diferente. El aire que respiraba era distinto, al igual que el ritmo de mis latidos. Me sentía puro, inmaculado. Levemente fui advirtiendo que no era seguro estar parado donde estaba, que podía resbalar y caer. Quise retroceder pero mi cuerpo estaba inmovilizado por una fuerza extraña. De pronto consideré lanzarme. Algo muy dentro de mí me decía: tírate, tírate, pero yo no quería arrojarme, despedirme de todo. Sin embargo, pensé en lo vivido y las mujeres que no olvido, y quedé plenamente convencido de que no valía la pena aferrarse a una vida tan miserable como la mía.

Cierto, es fácil arrojarse a ese vacío, a ese abismo que como puta abre las piernas e invita, cualquiera puede hacerlo, no hay mérito en eso, pero por más que quería recular no podía, algo dentro de mí no quería tener nada que ver conmigo.

Me lancé de cabezas y fue la caída más lenta que te pudieses imaginar. Si hubiese querido hubiese podido recordar los pocos momentos alegres de mi vida. Con mis brazos pegados a lo largo de mi cuerpo me sumergí en una alberca de agua verdosa y semi-oscura. Mientras descendía levemente divisé un chorro de sangre negra subir como culebra hasta la superficie.

Toqué fondo, con un lado de la cara pegado de los azulejos noté varios bloques de cemento, todos eran atravesados por cadenas, éstas anclaban costales de cuerpos. Había veinte de ellos. Traté de emerger, pero no pude, mi cara se quedó pegada al fondo hasta que dejé de respirar.” Terminé de relatarle mi sueño a Lilian. Ella dormía y dejaba escapar unos dulces ronquidos.

Cosas así no me atrevería a contárselas a nadie despierto. De inmediato me calificarían de maniaco depresivo. Por eso aprovechaba esas noches tranquilas en las que no había luz en la ciudad. Encendía la lámpara de gas, reclinaba una silla en la pared y esperaba que Lilian comenzara a roncar.

Me sentía bien cuando cada noche hablaba libremente sin confinarme. No me importaba que nadie entendiera lo que decía o dejaba de decir. El simple hecho de dejar escapar esos pensamientos que me ennegrecían por dentro me aliviaba.

Lilian se preocupaba mucho por mí, me lavaba, me planchaba y me invitaba a comer de su cuerpo. Ella pretendía conocerme, entenderme, amarme. Yo le seguía la corriente, también jugaba a amarla a conocerla, a entenderla. El teatro barato se le notaba en la cara, a mí eso no me importaba, sabía bien que su esposo había vuelto, que comía con el dinero que yo le daba a ella para los niños. También tenía claro que él mismo me la enviaba bañadita todas las noches al hotel.

Lilian tenía conocimiento de lo que hacía, de las consecuencias que podría traernos todo esto, nada la detenía, se había acostumbrado a esa manera inusual de compartir el tiempo conmigo. La gente como siempre hablaba a nuestras espaldas, se imaginaba escenarios de nuestras noches y sugería soluciones, sin antes pausar a revisar sus vidas. Lo nuestro era complejo, lo que pensaban de mí no me quitaba el sueño, ambos nos beneficiábamos con el intercambio, especialmente yo. Con su compañía muda y su cuerpo caliente como fogón me bastaba.

(Continuará)

Thursday, December 3, 2009

Passport (Cuarta Parte)

Bajo una lona extendida de acera a acera: Sillas y gente enlutada con lágrimas en la cara. La casa del muerto era de madera, pintada de un azul mar. Ésta estaba ladeada hacia la derecha (en un ángulo de cuarenta y cinco grados) entré a ella esperando ver pobreza extrema, pero me equivoqué, sorprendentemente, en la sala abundaban los lujos.

Los presentes me miraban de forma extraña. Al verme pasar, como si hubiesen visto a un fantasma, muchos pararon de hablar y hasta dejaron caer sus vasitos de café. Yo no conocía a nadie, ni siquiera al muerto. Tenía ganas de verlo, me habían hablado bastante de él. Me acerqué al ataúd de caoba y lo vi. Mi corazón se detuvo por unos segundos. Era cierto, nos parecíamos de manera pasmosa. La viuda, una jovencita de unos veinte años, se me acercó y antes de decirme una palabra se desplomó de un mareo.

Los que estaban fuera entraron, ya no cabíamos en la sala. La gente formó un círculo, en su centro me encontraba yo con el difunto. Estupefacto, volví a inspeccionar detenidamente el cadáver y vi que éste a diferencia de mí, tenía una cruz tatuada en el lado derecho de su cuello. Inmediatamente mi mente prejuiciosa lo asoció con alguna ganga neoyorkina. “Eso explica el costo de los electrodomésticos y los muebles de la sala.” Me dije. Se me humedecieron los ojos, al ver a este desconocido simulando de cierta forma mi muerte.

Un señor delgado, de barba blanca y piel tostada se aproximó a mí y me abrazó con fuerza, así como abraza uno a los amigos que regresan después de un largo viaje. Me apretó junto a su pecho por un buen rato, cuando intentó besarme en la mejilla me le escapé.

“Hijo! Hijo! Volvite mi hijo!” Me gritó con alegría mientras que caminaba nuevamente hacia mí. Asustado con su reacción reculé unos cuantos pasos y por poco tropecé con la viuda que se hallaba sentada en el suelo mientras unas señoras le echaban fresco con unos cartones.

(Continuará)

Saturday, November 28, 2009

Passport (Tercera Parte)

La observaba con detenimiento mientras caminaba por el cuarto sujetando un vaso de jugo de naranja. Daba gusto verla dormir. Ver como las sábanas blancas ocultaban su hermosos glúteos y su firme vientre. Era difícil creer que ese monumento de mujer ya tenía tres niños. Lilian no era una puta, no tendría trabajo si lo fuera.

La primera vez que la besé me lamió la cara, me encantó su falta de experiencia. Esa noche me imaginé batallando con una fiera salvaje, mi reto era domesticarla. Exploré con mi nariz cada rincón de su cuerpo oloroso a jabón de cuaba, desprovisto del perfume del cual las neoyorkinas me tenían acostumbrado. Ella me transportó a un mundo montaraz, en donde el gozo y las mordidas en la carne frágil abundaron.

Lilian trabajaba durante el día de mucama en el hotel donde me hallaba hospedado. La primera vez que la vi, le ofrecí cortésmente, dinero para que se acostara conmigo y ella de inmediato me lo rechazó. Me dijo que no era mujer de esas. Me disculpé, aunque por su reacción pude percibir que mi propuesta no la ofendió, se le notaba en la cara que le costaba trabajo decir que no, que necesitaba el dinero. Sé que no debí hacerle una proposición tan fuerte, pero mi posición de poder en el momento y mis ganas de poseerla pudieron más que yo.

Después de ese día no volví a hablarle de eso. Me comporté de la manera más decente que uno se pudiera imaginar. Había días que hasta me costaba trabajo mirarla a la cara. Dos semanas después del incidente la vi entrar al cuarto con la cara triste. Le pedí que se sentara y compartiera conmigo lo que le estaba sucediendo. Al principio ella rehusó hacerlo, pero la necesidad humana de desahogarse, de sentirse escuchado, pudo más que ella. Me contó que su hijo más pequeño, Ernestico, estaba enfermo, que lo había llevado al médico y que éste le recetó unas medicinas carísimas que ella no le había podido comprar, me dijo también que temía que su chiquito se pusiera peor. Le pregunté por el padre del niño, para ver si éste la podía ayudar y me confesó que él la había abandonado. Todo lo que compartió conmigo me conmovió mucho, su historia era más triste que la mía, en ese mismo momento la acerqué a mí, la abracé y dejé que sollozara sobre mi pecho.

Al día siguiente me trajo la receta, y tal como se lo había prometido, pasé por la farmacia y le compré las medicinas. Lilian me dio un fuerte abrazo y se fue para su casa contenta. Para mi sorpresa, regresó horas después, llevaba puesto un vestido marrón ceñido a su escultural figura y unos zapatitos con la suela un poco despegada. Me sentí fenomenal al ver que había regresado por su cuenta, a darme las gracias de la manera más primitiva posible. Después de ese día, cada noche ella regresaba al hotel a hacerme compañía, a veces le daba dinero para que le diera de comer a sus hijos y otros días no lo hacía para que no perdiera totalmente su dignidad y para yo sentirme mejor, para imaginarme que estaba conmigo por otras razones.

Me acerqué a la ventana con el vaso en la mano y al ver el motel frente a la iglesia recordé al Chino, su muerte todavía seguía fresca en mi mente.

En días anteriores había tenido un sueño en el cual yo era un chiquillo. Me visualicé silbando y caminando por las calles de la ciudad, de repente vi a un ciclista montado sobre una bicicleta de carreras color gris, éste se hallaba inmóvil, con la cabeza gacha, apoyado de un caobo. Me le acerqué para ver si estaba bien y le topé en el hombro. El muchacho se desplomó, cayó con todo y bicicleta, cuando lo vi bocarriba e inerte sobre el asfalto, me di cuenta que era el mismo chino que se había lanzado de la azotea.

(Continuará)

Tuesday, November 24, 2009

Passport (Segunda Parte)

Salí del hotel, caminé dos cuadras y entré a una pulpería. Frente al mostrador se hallaban dos albañiles, observaban (como si se tratase de un experimento) al pulpero pesar un trozo de salami.

“¡Bartolo a eso le falta, ahí no hay una cuarta!” Le dijo el albañil más alto al dueño del negocio.

“¡Quéeee paaaasa! Pero pésalo otra ve Bartolo, tú ni no dejate vé la agujita!” Agregó el otro casi cantando.

“Y cómo van a vé el peso si los dos de’ que llegán ‘tan atentando los aguacate… Ahí ‘ta, una cuarta!” El pulpero cortó el pedazo de salami en dos, nos dio la espalda y se puso a anotar la cuenta en una libreta. Los albañiles prepararon un sándwich de salami con mantequilla y se marcharon.

“¿Don, usté sabe donde cambian dólare?” Le pregunté después que dejó de anotar lo fiado. El hombre me miró con detenimiento y sin contestarme me hizo una pregunta:

“¿Oye y tú no ere el hijo de Milito, el que vivía en Nueva Yor?” Le dije que no con mi cabeza y volví a repetir lo que había dicho. Hubo un silencio.

“Utedes tienen que ser por lo meno familia, tú ere pimpún a Milito, utede tienen hata la mima cara y la mima oreja.” Nuevamente se hizo que no oyó.

“Yo no sé de quién uté me habla, uté me ‘ta confundiendo.” Le contesté de mala gana y vi como de pronto le cambió la cara.

“Pero bueno, no te me altere, ecúsame, hermano, e’ que yo creía…" Le dejé las palabras en la boca y me torné para salir, tan pronto di un paso, sentí su mano sobre mi hombro.

"Eperate, 'perate, no te vaya, ¿Tú quiere saber donde cambian dólare verdá? Bueno... ello hay como cinco tipo en el parque que te lo compran… Tú lo va conocer a ello de una ve, ello siempre andan con los bollos de papeletas en los bolsillos de alante, cuando tú reconoca a uno de ello, llámalo y tráelo p’acá, pa' que negocien aquí... Te lo digo pa’ que no te pongas a contar el dinero al aire libre… El otro día atracaron a un muchacho más o menos del tamaño tuyo, le cortaron la colita con una botella rota y le quitaron to lo que tenía encima, zapatos, prendas, cartera… Si no es porque el primo mío que trabaja en esa tienda que tú ve ahí, tira un tiro p’arriba, eso tígueres con él hubiesen hecho fiesta...” Lo interrumpí, le di las gracias, estreché su mano rugosa y salí del negocio.

Bajo el edificio que quedaba frente a frente a la iglesia una multitud comenzaba a formarse. Noté que sobre la azotea estaba parado un hombre desnudo. Mucha gente se detuvo en medio de la calle y salió de sus vehículos a contemplar lo que acontecía. Yo me acerqué lo más que pude y comencé a preguntarle a la gente sobre el por qué este hombre se quería lanzar de ese séptimo piso. Nadie sabía la razón y eso les gustaba, ya que les dejaba abierto el camino de la invención. Mientras observaba como al otro lado de la acera un carterista le robaba la billetera a un hombre, un viejito que limpiabotas en el parque me contaba que en el sexto piso había un motel y que seguramente el chino fue hallado por su mujer con otra.

El hombre seguía ambivalente, su decisión había paralizado a media ciudad. Los bomberos y los policías llegaron una hora después que los llamaron, tenían sus espaldas y frentes sudadas. Pusieron como excusa que tuvieron que dejar sus vehículos abandonados a varias cuadras del lugar. Uno de ellos intentó abrir la puerta metálica que daba paso a las escalinatas, pero ésta estaba asegurada y ninguno de ellos tenía con qué abrirla. Los buhoneros empezaron a hacer negocio. Los paleteros vendían sus paletas heladas de distintos sabores y colores, los carteristas se aprovechaban de los distraídos y un grupo de señoras freían en sus anafes pastelitos y quipes para matarle el hambre a los curiosos.

De pronto un grupo gritó a coro:

“¡Chiiino no te tiiires!” El hombre al escuchar esto retrocedió y desapareció de la vista de todos. Súbitamente se escuchó un aplauso colectivo, aunque no hicimos nada, por unos segundos nos sentimos héroes. Al poco rato el chino reapareció, miró nerviosamente hacia abajo, tomó impulso y dio un gran salto.

(Continuará)

Friday, November 20, 2009

Passport

Tiré mi pasaporte al zafacón y tomé un taxi.

“Lléveme al centro de la ciudad.” Le dije al chofer mientras bajaba la ventanilla.

“¿Quiere que prenda el aire? Yo lo prendo si uté quiere."

“No, ‘ta bien yo ‘toy bien así.” Le contesté cortando las palabras para que no sospechara que venía de fuera.

“¿Uté vino sin maletas?” Me preguntó descuidando la autopista por un instante.

“No, yo ‘taba dejando a mi hermana.”

“Uté parece que viaja...” Agregó enérgicamente el chofer de vientre abultado y camiseta desmangada.

“Jaja, ojalá yo viajar, estos trapitos que llevo puestos me lo trajo mi hermana cuando vino.”

“Ah, yo creía. Pero yo no se lo dije por la ropa nada má, uté también tiene ese colorcito que trae la gente de p’allá, la gente que trabaja con aire acondicionado o cogiendo el friíto en los países, además uté carga encima un olorcito a Nueva York.” Sonreí y pensé en lo bien que se sentía regresar y encontrarse con gente como esta, fresca y preguntona.

“¿A qué dirección lo llevo?”

“Déjame frente al parque Duarte.”

“¿A esta hora? ¿Uté no cree que e’ muy temprano? Los otros días atracaron a una muchacha buenamoza que acaba de llegar de los países. Los tígueres le mocharon la melena rubia con el filo de una botella, le quitaron la cartera, el celular y to’ las prendas que llevaba arriba. Ella fue dichosa que no la agarraron y la violaron ahí mismo. Uté sabe lo que e’ eso, nadie ayudó a la pobre muchacha, el que cuida la tienda de ropa de la esquina dique no vio nada, el pendejo ese parece que se quedó dormido abrazando la ecopeta... ¿Uté ta seguro que quiere ir p’allá?”

“Sí, no se preocupe, yo vivo por ahí mimo.” Le respondí tranquilamente, el chofer no pareció creerme, mi vestimenta me desmentía.

Llegamos al parque, las campanas de la iglesia sonaron seis veces. El chofer, por primera vez en todo el viaje se mantuvo en silencio, esperando que le pagara.

“¿Cuánto le debo?” Le pregunté, dejando entredicho que desconocía la tarifa, dándole así permiso para que me cobrase como turista.

“Tri jondre pesos.” Me contestó el moreno en inglés, y no pude contener la risa. Este tipo sabía como no dejarse morir. En ese momento recordé que había olvidado que sólo tenía dólares en mi billetera, le pasé un billete de veinte, le di las gracias y salí del auto. Cuando iba a cerrar la puerta el chofer viró la cara y me dijo con seriedad que en Nueva York le daban propina a los taxistas.

“Usted lo ha dicho, en Nueva York.” Cerré la puerta, di unos cuantos pasos y miré hacia arriba, un cielo rojizo arropaba el campanario.

Espanté un grupo de palomas que picoteaban un pedazo de pan, su aleteo al huir me hizo recordar tiempos mejores. Los portones de la iglesia se abrieron lentamente hacia adentro, de sus viságaras oxidadas emanaba un ruido estridente. De pronto, de la casa de Dios salió un hombre con escobillón en manos, éste se puso a barrer la entrada y todo el polvo que levantaba se lo echaba encima a una pareja que dormía descalza y abrazada bajo cartones.

Me senté en una banca del parque, hacía una brisita fresca, de pronto vi pasar frente a mí a dos caballos flacos, estos tiraban de una carreta cargada de tinacos de leche. A uno de los tinacos se le había caído la tapa de aluminio, de éste se veía la leche saltar y derramarse un poco. Un señor delgado, de piel tostada y barba blanca iba al frente sujetando las riendas y pegándole con una varita a sus bestias.

Luego vi pasar una motocicleta cargada de fundas de pan. De repente sentí mi estómago gruñir, recordé en ese instante lo mala que estaba la comida del avión.

El aire olía a pan, supuse que había una panadería cerca. Se me aguaba la boca sólo de imaginarme saboreando esa masa caliente y fresca.

(Continuará)

Tuesday, October 6, 2009

Fragmentado

Sabía que perdía mi tiempo allí, pero decidí quedarme. Le había encontrado cierto gusto a mirarme reflejado en el espejo emborrachándome como perro. Aún me quedaba dinero para darme un jumo biónico de esos que borran toda la cinta.

Me sentía poderoso sujetando ese vaso de whisky frío y amargo. El bartender me atendía con desdén y se tardaba más de la cuenta con la devuelta. Torcía la boca cada vez que veía un dólar sobre el mostrador. Me resultaba placentero rascarme la barba dura y asquerosa que me oscurecía la cara. Esta, al igual que mis ojeras y ojos rojos me daba un look depravado.

Esa noche que esperaba como tonto sentado sobre el taburete, ninguna de las chicas se atrevía a hablarme. Quizás los tres días que llevaba sin bañarme tenían algo que ver con eso. Como no me dirigían la palabra yo me les acercaba y empezaba las conversaciones más absurdas e incómodas que me podía imaginar, hasta fui capaz de preguntarle a una si le gustaba por detrás. Es admirable el valor que uno adquiere cuando ya no importa nada. Confieso que hallaba una deliciosa satisfacción al ver como mi tufo cortante y mis estupideces exorbitantes las ahuyentaban.

Ese bar Irlandés en el que estaba, se lo recomiendo a todos los idiotas como yo. Con todas esas luces tenues que tiene el lugar es difícil que vean a uno llorar y con esos animales disecados que adornan cada rincón, termina uno sintiéndose como en casa. Ah, se me olvidaba decir que para uno sentirse más inútil y poco hombre, sólo tenía que visitar el bar en las noches de verano, para ver esas blanquitas que suelen ignorar a los pendejos como yo con muchísimo gusto, para observar de cerca a esas malvadas que se ponen unos vestidos cortititos, sin panties y mandan a uno derechito al baño. Te cuento que en estos meses solo, he perfeccionado el arte de la paja, me masturbo como todo un campeón.

Mirándome en el espejo se me iba el tiempo, envejecía y moría sin darme cuenta. Esa noche como todas las noches me hacías mucha falta, pero a ti eso qué te importa, el mundo siempre giró entorno a ti. Ahora, estás donde querías estar, entre un grupo de gente que persiguen metas parecidas a las tuyas, hacerse ricos o casarse con alguien con dinero. Andas rodeada de personas a quienes nunca le importarás, ya que no eres parte de su círculo, te falta mucho refinamiento.

No serás feliz, esa persona que te hará sentir como esperas no existe aún, pides demasiado y entregas de ti muy poco por no decir: casi nada. Eres extremadamente egoista y ambiciosa, con un corazón duro que late en un pecho que desconoce la sensibilidad. Jamás había conocido un animal más insatisfecho, avaricioso, calculador, insensible e infeliz que tú. Sólo quiero que sepas que cada viernes regreso al bar que te conocí, a ese mismo lugar alegre donde me extirpaste de tu vida. Como un imbécil programado, vuelvo y lo hago más fragmentado y abatido que las tierras de Afghanistan, inexplicablemente regreso con unas ganas inmensas de volverte a ver.


*****

Friday, August 28, 2009

El Timbre

Sobre mi cama descansaba mi escopeta caliente y la bolsa negra que contenía el dinero y los viales de coca. Procedí a asegurar todas las puertas y persianas.

Mi mamá y Yayi al sentirme llegar salieron corriendo de la cocina.

“Aquí no se ha hecho compras, no hay de na, ni huevos ni leche ni arroz ni salami ni aceite…” Le quité el nudo a la bolsa y sin ver, le eché manos a un fajo de dinero. Se lo pasé a mi madre y vi como de inmediato se le engrandecieron los ojos.

“¿Esto es todo?”

“Sí.”

“Parece que se te olvida to’ lo que aquí hay que comprar. ¡Déjame ver cuánto hay en la funda!” Agarré la bolsa y la apreté junto a mi pecho.

“Mami, sólo tenían veinte mil.”

“Tienes que darme más, mis dolaritos no dan pa' na. Aquí hacen falta muchas cosas, el radio se dañó, el televisor ese se ve muy feo en esa sala, hay que comprarse uno de esos que tienen pantalla plana, hay una filtración en el techo que hay que arreglar y también hay que cambiar los muebles de la sala, están muy viejos.”

“Tú estás pidiendo mucho mami, tú quieres que te lo de todo.”

"No seas malagradecido. Yo fui la que te dio ese tamaño. Sin la ayuda de nadie. Esos son chelitos comparado con todo lo que yo he gastado en ti..." Nos quedamos callados por unos segundos hasta que Yayí rompió el silencio.

“¿Y a mí? ¿Cuánto me vas a dar?”

“Yo a ti te di un viaje e' cuarto' la semana pasada. ¿Qué lo hiciste?”

“¡Cómo que qué lo hice! No viste que tuve que comprar ropa. Estaba desnuda, en ese closet mío sólo tenía trapos, hasta vergüenza me daba salir a la calle vestida con lo que tenía.”

“¿Y para qué quieres más dinero?”

“¿Cómo que pa’ qué? La universidad empieza en Agosto y tengo que pagarla, además necesito comprarme unos aretitos y tener algo guardado para alguna emergencia, por si se presenta alguna fiesta o salida por ahí, tú sabes.”

Saqué otro fajo de billetes y se lo coloqué sobre su palma abierta. Yayi no lucía satisfecha, se quedó esperando más, entonces medio enojado saqué cuatro paquetes de la bolsa y le di dos a cada una. Ninguna me dio las gracias. Ambas se fueron contentas a sus aposentos.

Me senté a la orilla de mi cama y acaricié la escopeta. Ya estaba fría. Vacié el contenido de la funda, me recosté, sujeté dos fajos frente a mi nariz y respiré su primoroso aroma a nuevo. Volví a sentarme, agarré uno de los viales y lo esparcí sobre el cristal de mi mesita de noche. Tomé un billete de veinte dólares y lo utilicé para inhalar el exquisito polvo con gusto.

(Continuará)

Wednesday, August 26, 2009

El Asomo (Quinta Parte)

Al pequeño de pelo canoso no le pesaba el cuerpo al bailar, esto cautivó de inmediato a Betania a quien no le molestaba tener las manos duras del Cintrón paseándose por su espalda o jugando con su pelo lacio y negro.

La mejilla tierna de Betty se adhería a la cara áspera del pequeño de pies ligeros. Gradualmente se unieron sus cuerpos hasta bailar bachata como es debido. Un apretón de glúteos ante la vista de todos hizo que la humillación de Apolinar le penetrara como una daga, éste se pasó la mano por la cara se puso de pies y se sentó lejos de la pista, junto al borracho.

Sin que nadie lo percibiera, Poli se apoderó del puñal del embalado, se lo escondió bajo la camisa y caminó lentamente hacia el frente. Los hermanos Cintrón seguían distraídos, tomando y observando al pequeño besar a Betania.

“A ella le gutan los morenito.” Dijo uno de ellos, la lengua ya le pesaba.

Los bailadores seguían dándose besos salvajes, de esos que producen largas hilachas de baba y dejan los labios hinchados, hacían todo esto olvidándose del mundo que los rodeaba, bailando como si la música hubiese sido escrita para ellos y ese momento. Todo esto Apolinar lo observaba y lo procesaba con la sangre burbujeando dentro de sus venas. (Aunque nunca fue más que un amigo, se sentía el más cabrón del planeta.)

De pronto, en el umbral de la puerta aparecieron Doña Tata y Don Pepe. Súbitamente, el cantinero notó la cintura abultada de Poli. Al ver su cara arrebatada decidió volarse lentamente el mostrador para desarmarlo. El policía colocó su oreja derecha sobre la mesa y se durmió. Apolinar lo observó de reojo y desenvainó su puñal. Doña tata lanzó un grito desesperado, el baile se interrumpió y los borrachos se despertaron.

La luz se fue otra vez. El cantinero tropezó con unas sillas y se cayó. Se rompieron unas botellas, se escuchó el choque de mesas y sillas. Un lamento hondo silenció todos los ruidos. Un silencio frío se esparció en el aire. Apareció de repente la lucecita de un fósforo. El cantinero prendió una lamparita de gas y se acercó despacia al centro de la pista. Doña Tata y Betania yacían abrazadas e inmóviles en el suelo. Sus pechos estaban teñidos de rojo. Apolinar estaba tumbado boca arriba. El puñal ensangrentado descansaba sobre su mano abierta. La muerte se le asomó a Doña Tata.

***

Tuesday, August 25, 2009

El Asomo (Cuarta Parte)

Después de tres bachatas, Betania regresó a su mesa. La luz se fue y de pronto se escuchó un lamento colectivo. Al poco rato se oyó el roce de un fósforo.

La llama parpadeante de una lampara de trementina iluminaba el establecimiento. Betty sorbía despacio un poco de Coca Cola caliente, al mismo tiempo, Apolinar pegado del pico de su botella de ron, se aseguraba de tomarse el fondito que le quedaba. Cuando terminó de tomar, miró a Betty a la cara y dejó escapar una sonrisa libidinosa. Su enojo por lo del policía había desaparecido con el alcohol. Con cierta torpeza, tomó la fina mano de su acompañante y la besó babosamente.

Inesperadamente, quince minutos más tarde, la energía eléctrica regresó y fue recibida con aplausos y bulla. Nadie se había ido, aun tenían esperanzas de seguir tomando y bailando, sus ganas ocultas de que la electricidad le diera de nuevo vida al bar fueron misteriosamente satisfechas.

Tan pronto se escuchó música en los altavoces, Apolinar se puso de pies.

“Baila conmigo chiquita.” Le dijo Poli a Betty, mientras la miraba con ojitos pícaros y lascivos.

“¡No!” Respondió Betania con fuerza, haciendo que su acompañante se sentara amorrado en su silla. Los Cintrón, expertos en la provocación, al ver lo acontecido, se rieron a carcajadas, haciendo que de inmediato la sangre de Apolinar hirviese.

El borracho de la esquina dejó su puñal sobre la mesa y aprovechó el momento para sacar a bailar a la única dama del lugar. Lentamente, descalzo y andrajoso, llegó hacia ella.

Betania accedió, y se dejó guiar hacia el centro de la pista por esa mano velluda y callosa. Bailaron una canción mientras que Apolinar con la cara enrojecida apretaba los dientes. Los hermanos Cintrón observaban desde su mesa y no podían aguantarse la risa.

El borracho entregó a la bailarina y le dio las gracias a Poli, quien se quedó callado, mirándolo inquietamente. El hombre de manos callosas no se podía aguantar la alegría, caminó sobre vidrios rotos y ni cuenta se dio. Cuando iba llegando a su mesa, tropezó con una silla y cayó de pecho sobre el frío cemento pulido. Las carcajadas no se hicieron esperar. Uno de los hermanos Cintrón, se puso de pies, levantó del suelo al borracho y lo llevó a su mesa. Allí el hombre volvió a dormirse sobre su brazo extendido, al lado de su puñal.

El pequeño de los Cintrón aprovechó que ya estaba de pies y caminó hacia Betty, al mismo tiempo, el policia se abalanzó hacia ella y la tomó de la mano.

“Bailemos de nuevo.” Le dijo y al oir esto, Apolinar frunció la frente y apretó los dientes.

El pequeñuelo, con valor de hombre grande, tomó la otra mano y dijo:

“E' a mí, que me toca.” El policía se acomodó el pantalón y mostró de nuevo el pistolón. El pequeño, sin pensarlo dos veces, apretó la boca y le pegó una cachetada sólida, el policía dio media vuelta y cayó al suelo en donde permaneció sentado sobándose la cara.

(Continuará)