Wednesday, August 24, 2011

Las Despedidas (Tercera Parte)

El 31 de Agosto harán ya 11 años de mi salida de la República Dominicana. Un exiliado económico más como dirán por ahí.

Todavía recuerdo el caos de esos últimos días en que la gente como buitres visitaban mi casa con frecuencia para ver con que parte del botín se quedarían. Mis padres llegaron a vender unas cuantas cosas, pero la gran mayoría quedó en manos de un sin número de familiares y desconocidos.

(Como siempre es el caso, los libros nadie los quiso. Esos quién sabe en qué basurero estarán descomponiéndose.)

A pesar de los años que han pasado, muchos recuerdos de esos últimos días aún siguen intactos, como si este viejo cuerpo todavía tuviese 18 años.

(Ahora que me decido y me dispongo a escribir estas cosas me llegan memorias de las cuales no había pensado hablar, pero la escritura tiene esa magia, que desde que uno se lanza a poner una palabra junto a la otra comienza un proceso involuntario de desempolvamiento mental.)

En esos días antes de que mi vida cambiara completamente recuerdo que fluía dentro de mí un excitement como dicen los gringos, estaba emocionado con la vida que me esperaba, emocionado con conocer la mítica ciudad de Nueva York, esa ciudad donde había trabajos para todos y en donde la gente tiraba a la calle electrodomésticos casi nuevecitos. Recuerdo también que en esos tiempos tenía ilusiones de jugar basketball universitario y quizás llegar a la NBA. Eran tantas las cosas buenas que parecían venir que le presté muy poca atención a las cosas que dejaría atrás. A mis amigos, a los juegos de basketball en el centro juvenil Salesiano, el clima, los viajes a las playas y los ríos. Como siempre pasa, terminé subestimando lo que tenía y sobrevalorando lo desconocido.

Sin embargo, cuando retrocedo y veo como se ha desenlazado mi vida, no me arrepiento de que las cosas hayan sucedido así. Después de todo en esta vida no se puede tener todo a la vez, hay que tomar decisiones en las que se pierde para siempre algo querido o algo que nos hacía sentir bien o querer que el tiempo se congelara.  Everything is a trade off, todo es un trueque en esta vida.

De esa primera gran ruptura a mi vida diaria recuerdo como nos subimos todos en un minibus que nos llevaría al aeropuerto de la capital. A mí me había tocado sentarme junto a la ventana. Con mis ojos pegados al cristal trataba de capturar de forma glotona todo el paisaje del barrio que me vio crecer. El minibus fue acelerando y poco a poco me alejé de ese viejo yo que se quedaba sentado en una mecedora bajo la sombra de un caobo.

2 comments:

Argénida Romero said...

Engels

Me has sacado lágrimas. Mi vida tiene tanto de espejo con tu historia...mucho. Un padre que siempre viajó a su Colombia natal, cada año. El padre que se fue a Estados Unidos y regresó para decirnos que nos íbamos. El padre y la madre que me dejaron al cuidado de una abuela y partieron a la ciudad donde "siempre hay trabajo y los electrodomésticos se botan casi nuevos".

El día que me marché de Venezuela hice lo mismo que tú, pegada de la ventada miré a mi abuela y a la mascota de mi casa, una perra viralata llamada Negra, hacerse pequeñas mientras se alejaba el auto, pequeñas junto con la casa donde crecí, la calle donde jugué y todo lo que fue mi mundo hasta ese día.

Creo que nada de lo que has escrito hasta ahora me había atravesado tanto como está historia de despedidas.

Abrazos y que bueno que has vuelto a escribir en este espacio. Enhorabuena.

Baakanit said...

Es lindo tenerte por aquí Argenida, gracias por compartir con nosotros tu historia, que es a la vez la historia de todos nosotros aunque tenga ciertas variaciones.

Estas partidas nos marcan, a veces nos hacen más fuertes, a veces nos destruyen. Todo depende de que forma dejamos que esto nos afecte.

Abrazos,