Saturday, December 31, 2011

La Doña y su Silla de Ruedas


Ayer tarde salí del super mercado y cuando le voy pasando por el lado a una viejita ella me habla. Para escucharla mejor me quito los audífonos y le pido que me repita lo que me dijo.

“Me puedes empujar hasta la parada del autobús?”

Lo pensé por unos segundos y accedí a su petición. En su silla de ruedas cargaba todo su mundo, al parecer vivía en la calle y llevaba a rastros un montón de bolsas llenas de ropas y corotos.

La silla estaba pesada y era bien incómodo empujarla, porque al tener tantas bolsas colgadas, era difícil empujarla de cerca. Tuve que hacerlo con mis brazos extendidos. Mientras la empujaba veía su pelo corto y gris. (Noté que tenía una cicatriz de más o menos una pulgada en la cabeza.) Ella fumaba silenciosamente un cigarrillo y esto me resultó intrigante. Pensé de inmediato en el cigarrillo como instrumento que facilita un suicidio lento, además me empecé a imaginar la vida de vicio que quizá llevaba la ancianita.

La parada de la guagua no se veía por ningún, ya había caminado unos 100 metros y ya estaba imaginándome un sin número de cosas raras. ¿Y si se me cae de la silla la vieja y me quiere demandar? ¿Se pasará esta señora todo el día pidiéndole a la gente que la empujen? Bueno, me imaginé que sí, el cigarrillo de cierta manera me hizo verla como una ancianita muy astuta y no la culpo, si estuviera en la misma situación también haría lo mismo, ya que en esta ciudad de California no queda nada cerca.

Otra cosa que me vino a la mente fue lo raro que seguramente se veía la escena de este joven bien vestido empujando a una señora inválida y desamparada. A la misma vez me imaginé lo radical que se vería una foto mía con ella, ella fumando su cigarrillo y yo con mi audífonos puestos. La foto reflejando totalmente la soledad del ser humano y como cada cual estaba ensimismado, ella con su cigarrillo y yo con mis audífonos blancos, sin en ningún momento vernos tentados a entablar una conversación.

Cien metros más tardes llegamos a la parada de la guagua. La dejé al lado de una banca y cuando la veo de frente y me despido, me doy cuenta que ella quería darme una propina.
En sus manos tenía tres dólares estrujados, extendió su mano para dármelos para pagarme el favor. Le dije que no, le dije adiós y me fui.

Su gesto me sorprendió muchísimo, y de cierta manera borró esos prejuicios que me había establecido sin conocerla a través de nuestro trayecto. El final de esta historia, ni Cervantes se lo hubiese imaginado, esta es una de esas situaciones en que la realidad trasciende la ficción. A fitting ending, a fitting ending.

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