Saturday, July 4, 2009

Los Cadenuses

Pedro Juan, como todas las tardes se paseaba por la avenida St. Nicholas. Caminó por un buen rato dando saltitos de alegría, sus tenis nuevos le pintaban una sonrisa radiante. Su regocijo terminó cuando llegó a notar algo muy inusual: A todo el mundo a su alrededor le pendía del cuello una cadena de oro. Miguel el bodeguero tenía una de oro bien grueso, Juancito y José el taxista también con sus camisas desabotonadas mostraban las suyas. Los morenos en la esquina, tampoco se quedaron atrás, lucían las suyas con mucho estilo y elegancia, al igual que Yudelka, su perro y la recién nacida de Yolaidis.

El resplandor de todo este oro comenzó a mortificar a Pedro Juan quien sintió de inmediato una comezón por todo su cuerpo y unas ganas inmensas de tirar los tenis que había comprado el día anterior al río Hudson. Pedrito regresó a su casa y estrelló la puerta tras él, caminó hacia el baño, se miró en el espejo y se haló con vehemencia las greñas.

Recordó con rabia la burla de los que lo vieron sin cadena. Ante el espejo se sintió desnudo, fuera de sitio, opacado de la manera más vil. Nadie le había advertido que las cadenas estaban de moda, que los tenis caros eran cosa del pasado.

Todo esto lo acongojó, mucho más cuando revisó sus bolsillos y notó los adentros de su delgada billetera. Decidió ir de inmediato a la joyería de Papo y allí no pudo encontrar nada que valiera veinte dólares.

Con lágrimas en las mejillas volvió a su apartamento y lo recorrió, éste se hallaba vacío, en él sólo quedaba el monitor de una computadora y el microondas. Subió todo esto a un carrito y salió hacia la compraventa. Allá le dijeron que volviera al día siguiente, que iban a cerrar.

Como se pueden imaginar, Pedro Juan no pudo dormir. Al otro día en su cara quedó plasmada claramente su mala noche. No bien cantó el gallo del vivero, Pedro Juan estaba de pies, desde su ventana vio que abrían las puertas de la compraventa y de inmediato bajó con lo que iba a empeñar.

Pedrito se alegró con el dinero que le dieron. Tan pronto lo tuvo en sus manos, corrió hacia la joyería en donde con su pequeño presupuesto pudo comprarse una cadenita de catorce quilates, finísima, casi imperceptible.

Alegre, contento, silbando unos merengues de los ochentas, Pedro Juan se paseaba por St. Nicholas. Llevaba la camisa abierta, mostrando su pecho peludo y su prenda. Su entusiasmo no duró mucho. Nuevamente notó algo bastante inusual: Todo el mundo a su alrededor llevaba enredada al cuello una serpiente. Miguel, el bodeguero tenía una que le lamía con su lengua fina la oreja. Juancito y José ambos llevaban sobre sus hombros unas culebras oscuras y gruesas, dejando bien claro su estatus social, Yudelka y Yolaidis tampoco se quedaron atrás …

Saturday, June 20, 2009

Doña Tata (Segunda Parte)

El viento coqueteaba con la puerta del bar. En la penumbra de una esquina, al lado de la vaina de un machete, dormía con su cabeza sobre una mesa babeada, un borracho desdentado. Sobre un taburete, ante el cantinero, un policía recién ascendido descansaba su enorme y contento trasero.

Betania y Apolinar bailaban bachata, la separación de sus cuerpos era casi nula. Tres hermanos con camisas desabotonadas y cicatrices en sus cuerpos compartían dos botellas de ron y observaban abatidos como las tres mujeres menos serias del pueblo se marchaban del bar, acompañadas.

El vestidito amarillo de Betty combinaba con la mallita del Brugal de los Cintrón, éste se ceñía a su cuerpo y a la vista de los presentes, de manera sofocante. La pistola del policía descansaba fría sobre el mostrador. El cantinero, con su puñal abultándole un flanco de la camisa, colocó un Cubalibre al lado del cañón.

“Ya soy teniente, coño, que me hablen mielda ahora!” Dijo el oficial exaltado, mientras se acomodaba la barriga y levantaba su trago.

Betania seguía bailando con la misma energía de horas anteriores. El sudor la hacia resplandecer. Sus labios pintados transportaban a cualquiera a un lugar recóndito, habitado sólo por su boca. Poli disipaba la vista, miraba babeante el escote de Betty, éste le hacía sentir esa misma alegría que causa el presenciar el chapaleo de unos pechos mojados.

Bajo la mesa de los Cintrón, botellas rotas de la noche anterior le servían de barricadas a los ratones. Los tres no le quitaban la vista a la pareja que bailaba bajo la pobre luz de un bombillo. Deseaban con fuerzas tomar el lugar de Apolinar. No les quedaba de otra que matar su soledad con cada sorbido.

El policía volvió a enfundar su pistola, con su mano izquierda sobre el mango de ésta, interrumpió el baile y le pidio amablemente a Betania que bailara con él. Le susurró con una sonrisa pícara y con la boca babosa, que las canciones de Frank Reyes no las podía dejar pasar, y mucho menos si había una mujer bonita a su vera.

Apolinar de inmediato la haló de un brazo y la arrastró hacia su mesa.

“Tú no va’ bailal sin pedilme permiso, y esa falta de repeto?” Le dijo con autoridad.

Este comportamiento era de esperarse. Después de todo, él era quien venía comprándole Coca Colas frías desde temprano. Tenía todo el derecho del mundo, en su mente la había comprado. La cara de ella ser tornó roja. El borracho de la esquina se despertó. Tan pronto se percató de que el cantinero había detenido la música, empuñó su machete, se atentó la cartera y miró a todos los lados. Los tres hermanos sorbieron de sus vasos y sonrieron ante la escena. Betty se puso de pies, tomó la mano del policía y al oir el golpe de unos bongos, lo abrazó fuertemente. La canción "Princesa" inundó el aire del local.

(Continuará)

Friday, May 29, 2009

Doña Tata

“¡Tata, deja el meneo, acaba de dolmilte de pol Dio’! Mañana, tengo que cogel temprano pa’ la viña.”

“Ay Pepe, e’ que siento unos puyazo’ en el pecho.”

“Cuidao si e’ un ataque que te va dal. Cámbiate y arranquemos pa’ la ciudad.”

“No, no e’ eso, e’ que la niña no ha llegado todavía. Ella a eta hora ya ‘ta arropá.”

“¿Niña? Ya son veintiocho mermejo' que tiene, esa no tiene hijos porque no le han hecho la diligencia.”

“Pa’ nosotra las madre’ los hijo’ no dejan nunca de ser niño’.”

“Por eso no ha conseguido marío ella, por tú ‘tarla añoñando tanto.”

“Ya empieza tú, ya empieza. ¡Es que se te olvida que tú le’ ha’ epantao to’ lo enamorao! ¿Te arrecuerda de lo que le hicite a Paco cuando vino a verla?”

“Había que epantarlo, ese muchacho e’ un burro, ni escribí su nombre sabe.”

“Má’ burro ere’ tú que le pusite’ tu’ bota’ jedionda’ en la cara pa’ que te dijera si jedían. Ademá' no era por bruto que te caía mal el muchacho, era por prieto.”

“No hablemo' má' deso, ya te dije, Betania se merece algo mejor.”

“E’ fácil decirlo, a ti parece que se te olvidó la llorá que dio esa muchacha. Ese era un muchachito bueno. Ella lo quería mucho.”

“¿Bueno? Ese e’ de lo que queman por debajo. Ese na’ má’ andaba en busca de una cosa... Si tú no me cree’ pregúntale a la yegua de Carmencita.”

“Ay, el pecho, ay, ay.” Mientras que Doña Tata se echaba fresco con la bata. Don Pepe se fue a la cocina y regresó sosteniendo un jarrito de agua.

“Ten, bébetela pa' la calol.” Ella sorbió despacio, respiró profundo y volvió a poner la espalda contra la cama caliente.

El señor Vásquez abrió la ventana y sintió como el fresco con olor a uva y el resplandor de la luna se apoderaron del aposento. Luego posó su mirada en las luces de la barra que brillaban a lo lejos y sintió como se deslizaban a través de sus tímpanos las notas de una bachata. Entonces respiró hondo, miró hacia atrás, vio a su mujer bocarriba, atrapada como insecto bajo una telaraña de nylon, y observó con ojos cansados las latas que sostenían la cama y el inmóvil de su esposa.

(Continuará)