Pedro Juan, como todas las tardes se paseaba por la avenida St. Nicholas. Caminó por un buen rato dando saltitos de alegría, sus tenis nuevos le pintaban una sonrisa radiante. Su regocijo terminó cuando llegó a notar algo muy inusual: A todo el mundo a su alrededor le pendía del cuello una cadena de oro. Miguel el bodeguero tenía una de oro bien grueso, Juancito y José el taxista también con sus camisas desabotonadas mostraban las suyas. Los morenos en la esquina, tampoco se quedaron atrás, lucían las suyas con mucho estilo y elegancia, al igual que Yudelka, su perro y la recién nacida de Yolaidis.
El resplandor de todo este oro comenzó a mortificar a Pedro Juan quien sintió de inmediato una comezón por todo su cuerpo y unas ganas inmensas de tirar los tenis que había comprado el día anterior al río Hudson. Pedrito regresó a su casa y estrelló la puerta tras él, caminó hacia el baño, se miró en el espejo y se haló con vehemencia las greñas.
Recordó con rabia la burla de los que lo vieron sin cadena. Ante el espejo se sintió desnudo, fuera de sitio, opacado de la manera más vil. Nadie le había advertido que las cadenas estaban de moda, que los tenis caros eran cosa del pasado.
Todo esto lo acongojó, mucho más cuando revisó sus bolsillos y notó los adentros de su delgada billetera. Decidió ir de inmediato a la joyería de Papo y allí no pudo encontrar nada que valiera veinte dólares.
Con lágrimas en las mejillas volvió a su apartamento y lo recorrió, éste se hallaba vacío, en él sólo quedaba el monitor de una computadora y el microondas. Subió todo esto a un carrito y salió hacia la compraventa. Allá le dijeron que volviera al día siguiente, que iban a cerrar.
Como se pueden imaginar, Pedro Juan no pudo dormir. Al otro día en su cara quedó plasmada claramente su mala noche. No bien cantó el gallo del vivero, Pedro Juan estaba de pies, desde su ventana vio que abrían las puertas de la compraventa y de inmediato bajó con lo que iba a empeñar.
Pedrito se alegró con el dinero que le dieron. Tan pronto lo tuvo en sus manos, corrió hacia la joyería en donde con su pequeño presupuesto pudo comprarse una cadenita de catorce quilates, finísima, casi imperceptible.
Alegre, contento, silbando unos merengues de los ochentas, Pedro Juan se paseaba por St. Nicholas. Llevaba la camisa abierta, mostrando su pecho peludo y su prenda. Su entusiasmo no duró mucho. Nuevamente notó algo bastante inusual: Todo el mundo a su alrededor llevaba enredada al cuello una serpiente. Miguel, el bodeguero tenía una que le lamía con su lengua fina la oreja. Juancito y José ambos llevaban sobre sus hombros unas culebras oscuras y gruesas, dejando bien claro su estatus social, Yudelka y Yolaidis tampoco se quedaron atrás …
